“… Para lograr una acción colectiva recurrimos a la fuerza o al
autoritarismo, o a una forma de temor, amenaza o recompensa, con lo cual
estamos todos familiarizados. El Estado, o un grupo de individuos, establece
cierto propósito y entonces compele, coacciona o persuade a los demás para que
cooperen, dándoles recompensas o castigos, todas las diversas formas de lograr
la acción coordinada que conocemos. Y el interlocutor quiere saber si el
énfasis en el individuo, implícito en la pregunta, impide la acción coordinada.
Ello significa si hay un propósito común con el cual todos estamos de acuerdo,
no debemos someternos a él, ¿dejando de lado nuestra propia voluntad?
¿Cómo es posible la cooperación? Eso es realmente lo esencial del
asunto, ¿no es así? La cooperación, la acción coordinada, son obra del miedo o
de la inteligencia y el amor. Cuando tal o cual nación está en guerra hay
cooperación basada en el miedo y, al parecer, el miedo, el odio, los celos,
unen a los hombres con más rapidez que la inteligencia y el amor. Los
estadistas y políticos perspicaces se dan cuenta de ello y lo instigan, lo
cual, asimismo, nos resulta familiar. ¿Pero será posible unir a las personas de
un modo inteligente por medio del afecto? Ese es realmente el problema, ¿no es
así? En efecto, vemos cada vez más que la gente se une por obra del odio, del
miedo, de la coacción, movimientos de masa, uso de medios psicológicos para
persuadir, propaganda y todo lo demás. Y si ese es el camino, entonces resulta
vano todo lo que estamos discutiendo. Pero si no cooperáis, si no os unís por
medio de la codicia, ¿hay alguna otra manera de hacerlo? Y si existe un medio,
¿no debéis subordinar la voluntad del individuo a un propósito más elevado?
Digamos, por ejemplo, todos estamos de acuerdo en que debe haber paz en
el mundo. ¿Y cómo es posible esa paz? La paz solo es posible cuando no hay
egoísmo, por cierto, cuando el ‘yo’ no es importante. Como soy pacífico en mí
mismo, mis actos serán pacíficos, no seré por lo tanto antisocial. Y alejaré de
mí todo lo que contribuya al antagonismo. Por consiguiente, tengo que pagar el
precio de la paz, ¿no es así? Pero la paz debe originarse en mí mismo. Y cuanto
mayor sea el número de nosotros que tenga esa actitud, mayor será, por cierto,
la posibilidad de paz en el mundo, lo cual no significa subordinación de la
voluntad individual al todo, a un propósito, a un plan, a una utopía. Veo, en
efecto, que no puede haber paz mientras yo no sea pacífico. Ello significa,
nada de nacionalismo, nada de clase. Conocéis todas las cosas que implica el
hecho de ser pacíficas, el cual significa ser completamente exento de egoísmo.
Cuando eso exista, entonces cooperaremos. Entonces será inevitable que haya
cooperación. Cuando hay coacción extraña para obligarme a cooperar con el
Estado, con un grupo, puede que yo coopere, pero en mi fuero íntimo estaré en
lucha, no habrá alivio alguno. O puede que yo me valga de la utopía como medio
de hallar plena satisfacción, lo cual es también expansión de uno mismo.
… La verdad no es algo que pueda seguirse, tiene que ser descubierta.
Ustedes no pueden encontrar la verdad por medio de ningún libro, de ninguna
acumulación de experiencias. Como lo discutimos el otro día, cuando la
experiencia se convierte en un recuerdo, ese recuerdo destruye la comprensión
creadora. Cualquier sentimiento de malicia o envidia, por leve que sea, es
también destructivo de esta comprensión creadora sin la cual no existe la
felicidad. La felicidad no puede comprarse ni llega cuando uno la persigue,
está ahí cuando no hay conflicto.
Ahora bien, ¿no es muy importante, especialmente cuando todavía estamos en la escuela, comenzar a comprender la significación de las palabras? La palabra, el símbolo, se ha vuelto para todos nosotros una cosa extraordinariamente destructiva y no nos percatamos de esto. ¿Saben qué entiendo por símbolo? El símbolo es la sombra de la verdad. El disco fonográfico, por ejemplo, no es la voz real, pero la voz ha sido registrada en el disco y eso es lo que escuchamos. La palabra, el símbolo, la imagen, la idea no es la verdad, pero adoramos la imagen, veneramos el símbolo, asignamos una gran significación a la palabra, y todo esto es muy destructivo, porque entonces la palabra, el símbolo, la imagen se vuelve sumamente importante. Así es como los templos, las iglesias y las distintas religiones organizadas con sus símbolos, creencias y dogmas se convierten en factores que impiden a la mente ir más allá y descubrir la verdad. De modo que no queden presos en las palabras, en los símbolos, que automáticamente cultivan el hábito. El hábito es un factor extremadamente destructivo, porque cuando quieren pensar creativamente, el hábito se pone en medio”.
J. Krishnamurti