“… ¿Proviene el carácter de la imitación,
de lo que la gente dirá o no dirá? ¿Es el carácter un resultado del mero
fortalecimiento de las propias tendencias basadas en el prejuicio, de seguir la
tradición de la India, o la de Europa, o la de América? A eso por lo general se
le llama carácter, ser un hombre fuerte, ser respetado. Pero cuando imitáis,
cuando sois miedosos, ¿hay acaso inteligencia, hay acaso carácter? Cuando
imitáis, cuando seguís, cuando rendís culto a alguien, cuando tenéis ideales
que seguís, ese camino conduce a la respetabilidad pero no a la comprensión. Un
hombre de ideales es hombre respetable, pero él nunca estará cerca de Dios,
jamás sabrá qué es amar. Los ideales son un medio de encubrir su miedo, sus
imitaciones, su soledad.
De suerte que, sin comprenderte a ti mismo,
es decir, sin saber cómo piensas, si copias o imitas, si eres miedoso, si eres
envidioso, si buscas el poder; sin comprender todo esto que obra en ti y que es
tu mente, no puede haber inteligencia; y es la inteligencia la que crea el
carácter, no el culto de los héroes, ni el ideal, ni la efigie. La comprensión
de uno mismo, del propio ‘yo’ extraordinariamente complicado, es el principio
de la inteligencia que trae consigo carácter.
… Para una distribución equitativa de comida,
ropa y alojamiento, es necesaria otra clase de organización social, ¿no es
cierto? Las naciones separadas y sus gobiernos soberanos, los bloques de poder
y las estructuras económicas en conflicto, así como el sistema de castas y de
religiones organizadas, cada uno de ellos proclama que su camino es el único y
verdadero. Todo esto debe cesar, lo cual significa que cualquier actitud
jerárquica y autoritaria hacia la vida debe terminar. Se trata de producir una
revolución psicológica y esa revolución es imprescindible si el hombre quiere
cubrir sus necesidades físicas básicas. La Tierra es de todos, no es inglesa,
rusa o americana, ni pertenece a ningún grupo ideológico; somos seres humanos,
no hindús, budistas, cristianos o musulmanes.
… Nadie puede
sacarle de su trampa: ningún gurú, ningún maestro, ninguna droga, ningún
mantra, nadie, ni yo mismo; en especial yo. Todo lo que tiene que hacer es
darse cuenta desde el principio hasta el fin, no distraerse en medio del
camino, porque esa nueva cualidad de darse cuenta es atención, y en esta
atención no existe frontera alguna establecida por el ‘yo’. Esta atención es la
expresión más alta de la virtud y, por tanto, es amor, es inteligencia suprema;
pero esa atención no puede existir si no somos sensibles a la estructura y a la
naturaleza de estas trampas creadas por el hombre.
… Lo más
importante es cómo terminar con todas las guerras, no con esta o aquella guerra
particular. Usted puede tener su guerra favorita y yo puedo tener la mía; si
soy ciudadano británico odiaré a Hitler y, por tanto, lucharé contra él, pero
no lucharé contra los vietnamitas porque esa no es mi guerra favorita, no me
conviene políticamente o por las razones que sean. Así que el tema central es
que el hombre ha elegido el camino de la guerra, del conflicto, y a menos que
eso cambie totalmente, quedará atrapado en la pregunta en la que el mismo
interlocutor está atrapado. Para que eso cambie totalmente, por completo, uno
debe vivir en paz, no matar, ni de palabra ni de hecho.
Eso significa no a
la competitividad, no a la división de los gobiernos soberanos, no al ejército.
Puede que diga: «Es imposible», «no puedo detener la guerra», «no puedo
suprimir el ejército», pero me parece a mí que lo importante es ver la
estructura completa de la violencia humana y esa brutalidad que se expresa en
la guerra. Si uno lo ve totalmente, entonces, en ese mismo acto de ver hará lo
correcto, y lo correcto puede ocasionar alguna clase de consecuencia, pero no
importa. Sin embargo, para ver la totalidad de esta desdicha se necesita mucha
libertad a la hora de observar, y esa observación es por sí misma la disciplina
de la mente, trae su propia disciplina; de esa libertad nace el silencio, y ahí
está la respuesta a su pregunta.
… Habéis cultivado el intelecto y la mente.
La cuestión es que, como la crisis es de carácter excepcional, para enfrentarla
tiene que haber una revolución en el pensamiento; y esta revolución no puede
producirse por intermedio de otra persona, de ningún libro, de ninguna
organización. Debe llegar a través de nosotros mismos, de cada uno de nosotros.
Sólo entonces podremos crear una nueva sociedad, una nueva estructura alejada
de este horror, ajena a estas fuerzas extraordinariamente destructivas que se están
acumulando, amontonando. Y esa transformación ocurre tan sólo cuando vosotros,
como individuos, empezáis a daros cuenta de vosotros mismos en todo
pensamiento, acción y sentimiento.
… Nosotros, como individuos y como grupo,
hemos creado esta lucha y confusión económica y social; somos los únicos
responsables de todo eso y, en consecuencia, como individuos, quizá también
como grupo, podemos establecer orden y claridad. Para actuar colectivamente
debemos empezar con lo individual; para actuar como grupo, cada uno debe
comprender y cambiar radicalmente estas causas internas que producen el
conflicto y la desdicha externa.
Mediante leyes es posible obtener ciertos
resultados positivos, pero sin transformar las causas internas y fundamentales
del conflicto y del antagonismo, estos resultados se revertirán y de nuevo
aparecerá la confusión.
Las reformas externas siempre necesitan nuevas reformas, y ese camino conduce a la opresión y a la violencia. El orden externo duradero y la paz creativa, tan sólo pueden existir si cada uno genera ese orden y esa paz dentro de sí mismo”.
J. Krishnamurti