“… Todos queremos llegar a ser algo, ser
pacifista, ser un héroe de guerra, ser millonario, ser un hombre virtuoso, o lo
que sea. El mismo deseo de llegar a ser implica conflicto y ese conflicto
produce guerra. Sólo puede haber paz cuando no existe un deseo de llegar a ser
algo, ese es el único estado verdadero, porque tan sólo en ese estado hay
creación, hay realidad. Sin embargo, eso resulta algo muy extraño para toda la
estructura de la sociedad, la cual es una proyección de uno mismo. Uno adora el
éxito, Dios es éxito, es quien da los títulos, el doctorado, la posición y la
autoridad. Dentro de uno está esa batalla constante, esa lucha por conseguir lo
que se quiere; nunca hay un instante de paz, de paz en el corazón, porque
siempre está presente el esfuerzo por llegar a ser algo, por progresar. Ahora
bien, no se deje engañar por la palabra ‘progreso’; aunque las cosas mecánicas
progresen, el pensamiento nunca puede progresar, a menos que sea dentro del
ámbito de su propio devenir.
… No sé si alguna vez habéis pensado en este
problema de la adquisición de conocimientos, si el conocimiento nos ayuda
fundamentalmente a amar, a estar libres de esas cualidades que producen
conflicto en nosotros y con el prójimo, si el conocimiento jamás libera a la
mente de la ambición. Porque, después de todo, la ambición es una de las
cualidades que destruyen la vida de relación, que colocan al hombre contra el
hombre. Y si quisiéramos vivir en paz unos con otros, la ambición debe, por
cierto, terminar completamente no solo la ambición política, económica, social,
sino también la ambición más sutil y perniciosa, la ambición espiritual, la de
ser algo. ¿Será alguna vez posible que la mente esté libre de este proceso
acumulativo del conocimiento, de este deseo de saber?
… ¿Puede la mente dejar de ser? Ese es el
problema. La mente tal como la conocemos tiene tras de sí la creencia, el
deseo, el impulso de estar en seguridad, conocimiento y acumulación de fuerza.
Y si con todo su poder y superioridad uno no puede pensar por sí mismo, no es
posible que haya paz en el mundo. Podréis hablar acerca de la paz, podréis
organizar partidos políticos, podréis gritar desde los techos de las casas,
pero no podréis tener paz, porque en la mente está la base misma que crea
contradicción que aísla y separa. Un hombre de paz, un hombre de fervor no
puede aislarse y, sin embargo, hablar de fraternidad y paz. Ello resulta un
simple juego, político o religioso, un sentido de logro y ambición. Un hombre
que toma esto con verdadero fervor, que quiere descubrir, debe enfrentar el
problema del conocimiento y la creencia; tiene que ir tras él, descubrir todo
el proceso del deseo en acción, deseo de estar en seguridad, deseo de certeza.
Una mente que quisiera hallarse en ese estado en que lo nuevo puede acontecer,
sea ello la verdad, Dios o lo que os plazca debe, por cierto, dejar de
adquirir, de acopiar; debe dejar de lado todo conocimiento. Una mente cargada
de conocimientos no puede en modo alguno, por cierto, comprender aquello que es
real, inconmensurable.
… La guerra es el problema de la humanidad.
¿Cómo vamos a terminar con las barbaridades colectivas e individuales? Para
despertar una acción de masas contra los horrores, las crueldades y los
absurdos de la presente civilización, tiene que haber una comprensión
individual.
Empiece consigo mismo. Arranque de raíz los
espantosamente crueles prejuicios y deseos, y conocerá un mundo feliz. Extirpe
sus ambiciones personales y las sutiles explotaciones, la codicia y el ansia de
poder. Entonces tendrá un mundo ordenado e inteligente. En tanto haya crueldad
y violencia en el individuo, el odio colectivo, el patriotismo y la lucha deben
continuar.
Cuando comprenda su responsabilidad
individual en la acción habrá una posibilidad de paz, amor y relación armoniosa
con su prójimo. Así será posible terminar con el horror de la contienda, el
horror de la matanza entre seres humanos.
… Debemos pagar el precio de la paz. Hay que
pagarlo de forma voluntaria y con gusto, y el precio es la liberación del
deseo, de la mala voluntad, de lo mundano y de la ignorancia, del prejuicio y
del odio. Si este cambio fundamental se hiciera en nosotros, podríamos
contribuir a que se generara un mundo sano y pacífico. Para tener paz debemos
ser compasivos y precavidos.
… Tratan de ser sinceros respecto de este
nuevo opuesto, glorificándolo con los nombres de paz, humildad, servicio, como
opuestos a la seguridad, al poder. Abandonan cierto grupo de ideas, de
conceptos, y crean unos nuevos que se convierten en la seguridad que buscan. Y
los protegen tan cuidadosamente como el rico guarda su tesoro, tanto por parte
del grupo como del individuo. Por lo tanto, han cambiado, si a esto se le puede
llamar cambio en absoluto, meramente de un grupo de ideas a otro con nombres
diferentes, pero bajo la nueva envoltura son los mismos deseos, las mismas
esperanzas de seguridad.
… Aquellos de nosotros que seamos sinceros
debemos regenerarnos, pero no puede haber regeneración, sino cuando nos
separamos completamente de los valores que hemos creado con nuestros deseos
agresivos de propia protección. El conocimiento de uno mismo es el principio de
la libertad, y es solo cuando nos conocemos que podemos crear el orden y la
paz.
… Cuanto más os conocéis a vosotros mismos
más claridad existe. El conocimiento propio no tiene fin, no alcanzáis una
realización, no llegáis a una conclusión. Es un río sin fin. Y a medida que se
lo estudia, que en él se ahonda de más en más, encuéntrase la paz. Sólo cuando
la mente está tranquila mediante el conocimiento propio, no mediante una
autodisciplina impuesta, sólo entonces, en esa quietud, en ese silencio, puede
advenir la realidad. Es sólo entonces cuando puede existir la beatitud, cuando
puede haber acción creadora”.
J. Krishnamurti