“… Creo necesario hacer una reflexión sobre los graves incidentes que están ocurriendo realmente en el mundo, no solo en este país, sino en diferentes partes del planeta. Se formulan preguntas muy profundas y pienso que desde un principio debemos considerar muy objetivamente lo que en realidad está pasando. Existe general deterioro, de esto no hay duda. En lo moral y lo religioso los viejos valores se han esfumado por completo. En todas partes del mundo hay gran perturbación y descontento. Se pone en tela de juicio el propósito de la educación, el objeto mismo de la existencia del hombre, no solo en forma muy limitada como se hace en este país, sino honda y extensamente. Y uno puede ver, tanto en Occidente como aquí, que este cuestionar, este reto, no está siendo afrontado adecuadamente. En este país, lo sabéis tanto como yo, probablemente mejor, por cuanto yo soy un residente ocasional que viene tres o cuatro meses cada año, pero observo que hay un rápido declinar, la gente está dispuesta a quemarse por causas muy triviales, por ejemplo, sobre si debe haber uno o dos gobernadores.
Estáis dispuestos a ayunar por una cuestión
nimia y tonta; los hombres santos están preparados para atacar a la gente, y
así por el estilo; un enfoque trivial ante un tremendo problema.
… Uno pierde el entusiasmo o el gusto por la vida cuando no
hay plenitud de realización. Mientras uno es tan sólo el esclavo de un sistema,
o se ha adiestrado meramente para encajar en un determinado molde social, o
para ajustarse irreflexivamente a una norma establecida de conducta, no puede
haber verdadera realización. Responder simplemente a una reacción y pensar que
eso es la expresión plena de nuestro ser, genera inevitablemente frustración; y
donde hay frustración tiene que haber vacuidad y sufrimiento.
Si uno es profundamente consciente de esa
frustración, entonces hay alguna esperanza, porque la frustración origina tanta
desdicha y descontento, que uno está obligado a despojarse de las numerosas
tendencias que ha desarrollado a causa del anhelo, y a liberarse de las
ilusiones e imposiciones de la opinión. Esto exige recto esfuerzo, porque es
necesario abandonar el viejo y establecido hábito de pensamiento y acción.
Donde hay frustración es inevitable que haya vacuidad, un vacío doloroso y
sufrimiento. Pero realizarse plenamente es arduo, requiere comprensión y una
mente-corazón alerta.
… Una mente que
está deseosa de una transformación futura, o que encara la transformación como
objetivo final jamás podrá hallar la verdad. La verdad, en efecto, es algo que
tiene que surgir de momento a momento, que debe ser descubierto cada vez de
nuevo y, por cierto, no puede haber descubrimiento alguno por medio de la
acumulación. ¿Cómo podréis descubrir lo nuevo si estáis agobiados por lo viejo?
Es tan solo cuando desaparece esa carga que descubres lo nuevo. Para descubrir
lo nuevo, lo eterno, en el presente y de momento a momento, se requiere una
mente extraordinariamente alerta, una mente que no busque resultados, una mente
que no trate de llegar a ser algo. Una mente que se esfuerce por llegar a ser
algo no puede nunca conocer la plena beatitud del contentamiento, no del
contento de la fácil satisfacción, ni del contento que trae el logro de un
resultado, sino del contento que se produce cuando la mente ve la verdad en lo
que es y lo falso en lo que es. La percepción de esa verdad es de instante en
instante, y esa percepción se detiene al hablar de ese instante.
La transformación
no es una finalidad, un resultado. La transformación no es un resultado. El
resultado implica residuo, una causa y un efecto. Donde hay causalidad, tiene
forzosamente que haber efecto; el efecto es simplemente el resultado de vuestro
deseo de transformación. Cuando deseáis veros transformados, seguís pensando en
términos de devenir; y aquello que es devenir no puede nunca conocer aquello
que es ser. La verdad es ser de momento en momento, y la felicidad que continúa
no es felicidad. La dicha es el estado atemporal del ser. Ese estado atemporal
puede producirse tan sólo cuando hay tremendo descontento, no el descontento
que ha hallado una vía de escape, sino el descontento que no tiene salida ni
escapatoria y que ya no busca realización. Sólo entonces, en ese estado de
supremo descontento, puede surgir la realidad. Esa realidad no se compra, ni se
vende, ni se repite, no puede ser captada en libros. Tiene que ser captada de
momento a momento, en la sonrisa, en la lágrima, bajo la hoja muerta, en los
pensamientos errabundos, en la plenitud del amor. El amor no es diferente de la
verdad. El amor es ese estado en el cual el proceso del pensamiento en función
del tiempo ha cesado completamente. Y donde hay amor hay transformación. Sin
amor la revolución carece de sentido, pues en tal caso ella es mera
destrucción, decadencia, una miseria, desgracia creciente y cada vez mayor.
Donde hay amor hay revolución, porque el amor es transformación de instante en
instante.
… La paz pertenece
al corazón, no a la mente, y para conocer esa paz hay que comprender lo que es
la belleza. La forma de hablar, las palabras que empleamos, los gestos que
hacemos; todas estas cosas tienen mucha importancia, porque a través de eso uno
descubre el refinamiento del propio corazón. La belleza no puede definirse, no
puede ponerse en palabras, sólo es posible comprenderla cuando la mente está en
silencio”.
J. Krishnamurti