Cómo iniciar un diálogo


La suspensión de pensamientos, impulsos, juicios, etc., es uno de los aspectos nuevos y más importantes del diálogo y que se encuentra en su núcleo central. No es fácil captarlo porque la actividad es a la vez extraña y sutil. Tal suspensión comprende atención, escucha y observación y es esencial en la exploración. Hablar es necesario, por supuesto, pues de lo contrario habría muy poco que explorar en el diálogo. Pero el proceso activo de la exploración ocurre durante el acto de escuchar no sólo a los demás sino también de escucharse a sí mismo. La suspensión supone desplegar los propios impulsos, sentimientos y opiniones de tal manera que se puedan ver y sentir en el interior de la propia psique y también ser espejados por los demás en el grupo. No significa reprimir o suprimirlos, ni tan siquiera aplazarlos. Significa, sencillamente, prestarles una atención seria de modo que se puedan percibir sus estructuras mientras estén activas. 

Si un individuo es capaz de prestarle atención, pongamos por caso, a emociones fuertes que pudieran acompañar la expresión de un pensamiento específico, ya lo exprese él mismo o lo exprese otro, y de mantener dicha atención, la actividad del proceso de pensamiento se moverá con mayor lentitud. Esto puede permitirle a ese individuo empezar a ver el significado más profundo que subyace el proceso del pensamiento y a percibir la a menudo incoherente estructura de cualquier acción que, de lo contrario, podría ejecutarse de forma automática. De la misma manera, si un grupo es capaz de suspender tales sentimientos y de prestarles atención, entonces el flujo general que va del pensamiento al sentimiento a la actuación dentro del grupo también se puede hacer más lento y revelar su significado más profundo y sutil junto con cualesquiera de sus distorsiones implícitas, llevando de ese modo a lo que podría describirse como inteligencia despierta. 

Suspender el pensamiento, el impulso, el juicio, etc., requiere una atención seria a la totalidad del proceso que hemos estado examinando, tanto a solas como dentro del grupo. Esto implica lo que al principio parecería ser un trabajo de carácter arduo. Pero si este trabajo se mantiene, se desarrolla la capacidad de prestar dicha atención constantemente, de manera que requiere cada vez menos esfuerzo. 

Números: Un diálogo funciona óptimamente con entre veinte y cuarenta personas sentadas unas frente a otras en un solo círculo. Un grupo de este tamaño permite la aparición de diferentes subgrupos o subculturas que se pueden observar y que pueden revelar algunas de las formas en que el pensamiento funciona colectivamente. Esto es importante porque las diferencias entre tales subculturas a menudo son una de las causas no reconocidas del fracaso de la comunicación y del conflicto. Por otra parte, grupos más pequeños carecen de la diversidad requisita para revelar estas tendencias y en general pondrán el acento en roles y relaciones más acostumbrados, tanto personales como familiares. 

En unos cuantos grupos hemos contado con hasta sesenta participantes, pero con un grupo tan numeroso de personas el proceso se vuelve imposible de manejar. Se requieren dos grupos concéntricos para sentar a todo el mundo de forma que se puedan ver y escuchar los unos a los otros. Esto sitúa a los de la segunda fila en una posición de desventaja y un menor número de participantes tiene oportunidad de hablar. 

Podríamos mencionar que algunos participantes tienden a hablar mucho mientras que otros tienen dificultad para hablar en grupo. Vale la pena recordar, sin embargo, que la palabra ‘participación’ tiene dos sentidos: ‘participar en’ y ‘tomar parte en’. Escuchar es al menos tan importante como hablar. Y a menudo los participantes más callados acabarán interviniendo más conforme se familiarizan con la experiencia del diálogo, al igual que los individuos más dominantes tenderán a hablar menos y a escuchar más. 

Duración: Un diálogo necesita cierto tiempo para echar a andar. Es una forma poco común de compartir con otros y se requiere alguna clase de introducción en la que se comunique el significado de toda esta actividad. Pero incluso con una introducción clara, cuando el grupo empiece a conversar experimentará a menudo confusión, frustración y una preocupación autoconsciente respecto a si realmente está sosteniendo un diálogo o no. Sería muy optimista asumir que un diálogo comenzara a fluir o a avanzar hacia una gran profundidad durante la primera reunión. 

En la organización de diálogos es útil ponerse de acuerdo al inicio sobre la duración de la sesión y que alguien asuma la responsabilidad de marcar la hora al final. Hemos descubierto que  en torno a dos horas es óptimo. Sesiones más largas corren el riesgo de incurrir en un factor de fatiga que tiende a disminuir la calidad de la participación. Cuanto más regularmente se pueda reunir el grupo, más profundo y significativo será el territorio explorado. Se han empleado a menudo los fines de semana porque dan cabida a una serie de sesiones, pero si se espera que el diálogo continúe durante un período extenso de tiempo,  sugerimos que haya al menos una semana de intervalo entre cada una de las sesiones para dar tiempo a la reflexión individual y a una mayor ponderación. El tiempo que un grupo pueda dedicarle a la exploración no tiene límite. Pero su institucionalización sería algo contrario al espíritu del diálogo. 

Liderazgo: Un diálogo es esencialmente una conversación entre iguales. Cualquier autoridad controladora, no importa cuán cuidadosa o sensiblemente aplicada, tenderá a obstaculizar e inhibir la libertad de juego del pensamiento y los a menudo delicados y sutiles sentimientos que de otro modo serían compartidos. El diálogo es vulnerable y se presta a ser manipulado, pero esto no es compatible con su espíritu. La jerarquía tampoco tiene cabida en el diálogo. 

No obstante, en las fases iniciales se requiere cierta orientación para ayudar a los participantes a captar las diferencias sutiles entre el diálogo y otras formas de actividad grupal. Es esencial que haya al menos uno o, preferiblemente dos facilitadores o moderadores con experiencia. Su papel no debería ser impositivo sino que deberían ‘liderar desde atrás’ con la intención de hacer que su actividad se vuelva innecesaria lo antes posible. 

Esta propuesta no se plantea como un sustituto de dicha moderación. Pero sugerimos que se repasen sus contenidos con el grupo durante su encuentro inicial. 

Temática: Como ya hemos indicado, no se excluye ningún contenido. El diálogo puede comenzar con cualquier tópico de interés. Si hay intercambios o se plantean temas que los miembros del grupo consideran inapropiados, es importante que expresen estos pensamientos en el seno del diálogo. A menudo los participantes murmuran o se quejan después acerca de su frustración o malestar pero es exactamente esta clase de material el que ofrece el terreno más fértil para introducir el diálogo en ámbitos más sutiles de significado y coherencia más allá de la superficialidad de los buenos modales, el pensamiento grupal o la charla de sobremesa. 

David Bohm, Donald Factor, Peter Garrett
Una propuesta de diálogo